"Eh, son años..."

Una vez por mes voy a comprar especias a uno de los negocios que están a la vuelta del mercado central de Atenas. Para mí, es siempre un encanto entrar a ese local lleno de curiosidades de todo el mundo y dejarme transportar por esa mezcla caótica de aromas intensos y seductores.

Tal vez sea exagerado afirmar que los Reyes Católicos le financiaron la expedición a Cristóbal Colón con el solo propósito de dar con una nueva ruta para traer especias; seguramente, había otras cosas en juego. Pero está claro que las especias eran bienes muy apreciados. Entonces me digo, "¡cómo ha cambiado el mundo!; lo que en el siglo XV costaba sangre y sudor conseguir, hoy está ahí, a la vuelta de la esquina, y en una cuantía y variedad inusitadas".

A la hora de la siesta, antes de que cierren, ya casi no hay gente en el negocio. (A mediodía, en cambio, hay que tragarse una fila enorme.) Así que hoy entro y me atienden al toque. Hago el pedido y, mientras espero, doy un vistazo a mi alrededor. A mi derecha, una señora charla con una de las vendedoras que le ha preparado diez bolsitas con distintos condimentos. Más allá, un señor que espera que le terminen de preparar su paquete, tiene la cabeza inclinada y está absorto en sus pensamientos; de golpe, vuelve en sí, sonríe avergonzado y se ruboriza (sin querer, había estado dirigiendo la mirada al trasero de otra de las vendedoras que ahora acaba de darse vuelta y que lo mira como pidiéndole explicaciones). A mi izquierda, dos chinas, que estaban dando vueltas por todo el local, se acercan al cajero y le muestran una foto borrosa y pequeña del celular que lleva una de ellas en la mano.

En un griego rudimentario, le preguntan, "¿tiene usted de esto?" Para mí, que pude ver la foto, podría ser cualquier cosa, como una imagen tomada muy de cerca a la arena de una playa. La mujer que está a mi izquierda, y que también vio la foto, parece querer adivinar qué diablo es eso. El cajero, inmutable, lo piensa un segundo, y le responde con absoluta seguridad: "Sí, tenemos. ¿Cuánto le doy? Eso se llama..."

Desgraciadamente, no puedo entender el nombre, que me parece tan raro como la imagen que había visto. Pero todos nos quedamos con la boca abierta, balbuceando: "¡ma-es-tro!". El cajero, entre divertido y sobrador, nos relojea, en cambio, como diciendo: "eh, señores, son años".

Transporte gratuito

Desde el lunes 29 de junio, el transporte público es gratuito en toda Ática. La razón es que pocos usuarios podrían renovar el abono mensual o siquiera comprar el boleto de ida y vuelta... Desde ese mismo día, los cajeros automáticos dan, en el mejor de los casos, 60 euros. (Como a menudo los bancos cargan los cajeros solo con billetes de 50 euros, esa es la cifra que se puede sacar ese día.) Aquí les paso dos fotos con el mensaje que las autoridades de las líneas del subterráneo pusieron en las máquinas expendedoras de billetes. (Una pregunta, ya que estamos: está bien que los griegos viajen gratis, pero ¿por qué los miles y miles de turistas extranjeros que entran en estos días deben viajar de balde?)

De un anarquista

El azar quiso esta vez que dé con una antología del cuento anarquista español. Editado por Taurus, es un librito que contiene un manojo de relatos breves, escritos entre 1880 y 1911. Hay algunos autores famosos, como Azorín, y muchos desconocidos, como un tal Palmiro de Lidia, que escribió el texto para una obrita de teatro en un acto y la intituló "El acabóse". No voy a contar de qué se trata, prefiero detenerme solo en una escena. Acá va: Un magistrado está reunido en un palacio muy lujoso con un obispo y un militar de alto rango, y los tres discuten cómo hacer para aplacar al pueblo, que se ha congregado fuera y quiere cambiar las cosas. Cada uno propone una solución distinta. El obispo afirma en que la clave está en que se vuelva a la fe y, en cambio, el militar reclama que se le permita al ejército actuar con mano dura. Al magistrado se le ocurre una idea distinta y más sagaz:

"El pueblo sublevado es el amo, el señor absoluto de todo. ¿Qué debemos hacer en tal caso? Pues engañar al pueblo fingiendo transigir. No es la primera vez que así hemos procedido, y la tal práctica nos ha dado magníficos resultados."

Es así como el magistrado sale al balcón antes de que la muchedumbre tome el palacio y pronuncia el discurso esperado.

De una conversación

Converso con Spyros, que aparte de ser traductor (traduce obras del francés al griego), escribe cuentos.

"Argentina es una referencia obligada para todos los que escribimos cuentos: Borges, Cortázar..."

Spyros no lee español, se sirve de las traducciones al francés y al inglés.

A la lista agrego Onetti, aunque sea uruguayo. (Podría haberme dicho: El Río de la Plata es una referencia obligada...).

"Sí, Onetti, claro... Pero Onetti es más viejo", me dice.

Lo corrijo: "Onetti en realidad murió diez años después de Cortázar, y los cuentos que escribió durante su exilio en Madrid son imperdibles."

Lo insto a que lea la última producción de Onetti, y me quedo pensando por qué asociará enteramente Onetti con el Onetti de los años '40, '50, '60... Tal vez porque falta traducir al griego buena parte de su obra. 

Para Spyros, Macedonio Fernández fue el promotor de la revolución literaria que luego llevó a cabo Borges.

Le pregunto por Kavafis. "Él también fue un grande. Ningún escritor griego contemporáneo puede ignorar a Kavafis... Kavafis fue el puente entre lo clásico y lo moderno, entre Oriente y Occidente, entre la tradición y la innovación."

Me viene a la mente la imagen de la rueda de una bicicletas: los rayos convergen en el eje. Kafavis como el eje de la historia de la literatura griega.

Hablamos ahora de filosofía. El padre de Spyros es un heideggeriano, un profesor de filosofía que ha dedicado su vida a estudiar la obra de Heidegger. Le hablo de mi simpatía por la filosofía analítica, pero sobre todo insisto que la diferencia entre filosofía continental y filosofía analítica es una diferencia que ya ha perdido relevancia. Hoy, por suerte, las fronteras entre uno y otro tipo de filosofías se han desdibujado. Tal como sucedió con muchas categorías de análisis político de los '70: inútil seguir usándolas para intentar entender nuestro presente.

Spyros está de acuerdo, pero me dice: "algo más hay detrás de esa distinción".

Me quedo pensando: el filósofo continental tal vez sea como el poeta, que quiere mostrarnos algo, que quiere hacernos ver o hacernos sentir algo, aunque sea el peso de una cuestión irresuelta e irresoluble. En cambio el filósofo analítico es como el científico, que utiliza la razón para examinar argumentos de cualquier tipo, para descubrir si son válidos o no. El filósofo continental quiere hacer patente una experiencia existencial; el filósofo analítico quiere plantear claramente un problema para resolverlo.