Horacio Ferrer y la evolución del tango

Presentación de la traducción al griego del libro de Horacio Ferrer

El tango, su historia y evolución1

Festival LEA, Atenas 2014

¿No es cierto que cuando pensamos en un creador, por ejemplo, en un escritor o en un músico, nos lo imaginamos en sus mejores años, en los años de plenitud creadora, en los años en que fraguó, por siempre, su gran obra? Y así, sin darnos cuenta, dejamos de lado todo – o casi todo – lo que ese personaje fue antes del cenit. Sí, ya lo sabemos, nuestra atención es caprichosa. Vemos la cima deslumbrante de la montaña y pasamos por alto el sendero angosto y precario que conduce a ella.

Si ustedes me hubiesen preguntado hasta hace poco “¿quién es Horacio Ferrer?”, les habría respondido, con asombro:

“¡Pero cómo que no lo conocen! Si es el autor de las letras de 'Balada para un loco' y 'Chiquilín de Bachín'.” Les habría mencionado también la ópera “María de Buenos Aires”. Les habría explicado que Horacio Ferrer es uno de los principales historiadores del tango, además de ser una de las personas que más ha hecho por la difusión y promoción de esta música en Argentina y en todo el mundo.

Todo eso les hubiese dicho, porque mi imagen de Horacio Ferrer era la del poeta consumado... hasta que Marta me presentó este librito, El tango, su historia y evolución, un breve ensayo escrito por Ferrer en su juventud, allá por 1959. Porque el libro nos brinda otra visión de Horacio Ferrer, el Horacio Ferrer que está dando sus primero pasos: su mochila está ya cargada con todo lo que necesita para la travesía, pero el viaje recién comienza.

Les confieso que leí el libro con esa curiosidad típica del metido, del que hurguetea y “mete las narices” donde no le corresponde. Me sentía como quien se cuela en la trastienda de un teatro y ve detrás de los bastidores cómo se preparan los actores antes de entrar en escena, o como quien abre un juguete para entender el mecanismo que lo mueve.

Cuando Horacio Ferrer escribía este ensayo, tenía veintiséis años. Nosotros ahora, en 2014, sabemos algunas cosas que el joven, en 1959, aún ignoraba. Sabemos, por caso, que diez años después escribiría los poemas que lo consagrarían por siempre. Sabemos también que entablaría una intensa amistad con ese tal Astor Piazzolla que menciona en el libro y que del dúo Piazzolla-Ferrer surgiría una obra que cambiaría el destino del tango.

Permítanme darles un ejemplo. En uno de los últimos apartados del libro dedicado a “La literatura del tango”, Ferrer escribe: “La letra de tango no es simplemente un poema: está ideada para ser cantada y no dicha, y no pocas veces se escribe sobre frases musicales”. Cuando leí esta frase, no puede menos que sonreír, porque iba a ser justamente Horacio Ferrer quien, pocos años después, introduciría el recitado en el tango, toda una innovación estilística. Pensemos, sin ir más lejos, en “Balada para un loco”, que el cantor empieza recitando:

“Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? Salís de casa, por Arenales: lo de siempre, en la calle y en vos...”

En ese mismo apartado, unas páginas más abajo, Ferrer elogia a Homero Expósito. Dice, cito, que “Expósito constituye la vanguardia de la literatura tanguista. Sin embargo, sus páginas que causaron verdadera sorpresa en el momento de su aparición – y se convirtieron por su indiscutible calidad en auténticos clásicos de las nuevas etapas – auspiciaron una veta literaria que, lamentablemente, no llegó a concretarse.” Y aquí volví a sonreír, porque en esas líneas Ferrer, más que constatar un hecho, nos está contando cuál es su desafío, cuál es el reto que tiene por delante: continuar el camino trazado por Expósito, profundizarlo o, como él diría, “concretar esa nueva veta literaria”. Fíjense cómo empieza el tango “Óyeme”, de Expósito:

¡Óyeme!

Hablemos del adiós...

Tu forma de partir

me dio la sensación

de un arco de violín

clavado en un gorrión.

 

¡Qué imagen, esta! Arco de violín, que es arco y saeta a la vez, instrumento musical que hiere a los pájaros, que es como decir música que se hiere a sí misma... a eso equivale el desplante de una mujer. Si hasta entonces el abandono de la querida, de la paica, se interpretaba como una “bofetada” o incluso como una “puñalada” al compadrito, la imaginación ahora se libera, se suelta de las ataduras del folclore del arrabal, y la metáfora vuela hacia nuevos horizontes. Seguramente, Horacio Ferrer recordaba esos versos cuando, unos años más tardes, escribiría “Los pájaros perdidos”:

Vuelven los pájaros nocturnos

que vuelan ciegos sobre el mar

la noche entera es un espejo

que me devuelve tu soledad.

 

El libro de Horacio Ferrer se aboca, fundamentalmente, al estudio de dos grandes temas, tal como lo enuncia el subtítulo, esto es, a la historia del tango y a su evolución, entendiendo por “historia” la fase en que surge el tango y, por “evolución”, todos los desarrollos que van desde la creación de los primero conjuntos, las primeras piezas y las primeras letras, hasta bien entrada la década de 1950, que es, recordémoslo, cuando Ferrer escribe su ensayo. Más de la mitad del libro está dedicada a caracterizar los dos períodos de esa evolución: la Guardia Vieja, esto es, la fase en que el tango, una vez nacido, da sus primeros pasos, y la Guardia Nueva, en donde la música ciudadana se desarrolla hasta adquirir la mayoría de edad. En la transición de la Guardia Vieja a la Guardia Nueva, Ferrer acierta en reconocer la importancia que tuvieron Osvaldo Fresedo y Julio De Caro. Aquí mi única crítica es que, en este libro, Ferrer no le da el espacio que merece la figura de Aníbal Troilo.

Si la mirada retrospectiva me permite hoy ver en el texto algunos aspectos que el joven Ferrer entonces apenas entreveía, lo cierto es que al proceder de esta manera corro el riesgo de forzar la lectura. Soy consciente de ese riesgo. De todos modos, permítanme que haga dos observaciones desde esta perspectiva.

En primer lugar, no puedo evitar pensar que tanta preocupación del joven Ferrer por la Guardia Vieja, por la Guardia Nueva, y por las continuidades y rupturas entre ambos lineamientos, no se debe sólo a un interés meramente historiográfico. El joven Ferrer debe haber intuido, entonces, que el tango estaba por experimentar una transformación igualmente importante – transformación que, por cierto, iba a venir de su mano. Si a la Guardia Vieja le sucedió la Guardia Nueva, a esta última le esperaba la llegada inminente de la Vanguardia. Al delinear la evolución pasada, el joven historiador no está tan solo constatando hechos, sino también, y especialmente, preparando el terreno para el desarrollo futuro.

La segunda observación que quería hacer tiene que ver con las primeras páginas del libro, las que están dedicadas al surgimiento del tango como un tipo de música con rasgos propios y, por tanto, distinta de otros ritmos como la habanera o el tango andaluz. Por cierto, Horacio Ferrer no es el historiador obsesionado por fechas, nombres y lugares. A él le interesa, más bien, comprender por qué surgió el tango allá en el Buenos Aires de finales del siglo XIX. Su tesis es que la música no nace de la sola fusión de ritmos, como una pintura no resulta de la sola combinación de colores. El arte nace de una carencia que necesita expresarse. El arte no es un pasatiempo superfluo, sino una manera de elaborar una ausencia que nos carcome. Así, para Ferrer, el tango surge en respuesta a la angustiante situación material y existencial de cientos de miles de inmigrantes europeos y de otros tantos migrantes provenientes del interior argentino, hacinados todos en esa ciudad en ebullición que era Buenos Aires, frente a una Argentina, como siempre, incapaz de generar un verdadero plan de desarrollo social y económico que integre a todos sus habitantes como ciudadanos libres y responsables.

Y a este altura, sospecho una vez más que tanto afán del joven Ferrer por entender el nacimiento del tango no debe haber sido únicamente fruto de una “inquietud sociológica”. Con la perspectiva que me da más de medio siglo de distancia, creo ver que, en esas páginas, el joven Ferrer estaba reflexionando, estaba tratando de entenderse y de entender por qué a él le era esencial el tango, por qué quería, por qué necesitaba escribir tangos. A diferencia de aquellos inmigrantes que lo habían precedido dos generaciones atrás, su angustia no provenía de necesidades básicas insatisfechas. La suya, más bien, era – y aún es – una inquietud espiritual, filosófica, esa inquietud que anida en todo hombre mientras no se enajene: ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? ¿por qué estoy solo?

Hablamos del nacimiento del tango y de su evolución. Cabe preguntarse, por último, si su existencia corre algún peligro. Sí, nos advierte Ferrer, hay enemigos del tango. Pero a diferencia de lo que tantas veces se supuso, los enemigos del tango no provienen de sus filas, no son los excéntricos, los innovadores de todo tipo. El tango es como un ser vivo y, en cuanto tal, el cambio le es intrínseco. Los enemigos del tango son otros, son el someterse a la lógica del mercado y el volverse un simple bien de consumo producido y distribuido por gigantescos emporios con el solo fin de satisfacer la avidez de millones de consumidores. El tango podrá mutar todo lo que se quiera, podrá fusionarse con el rock, con el jazz, con el rembético, podrá adoptar formas aún insospechadas, pero seguirá siendo tango mientras no se deje aplastar por el peso de la normalidad, mientras no caiga en la red de lo predecible y mientras no se identifique con su valor monetario. Porque el tango, nos lo recuerda Ferrer una y otra vez en sus poemas, se nutre siempre de cinco elementos: la mirada del niño, la razón del loco, el fervor del amante, el no del rebelde y el vuelo del pájaro.

 

 

Dr. Marcos G. Breuer

13 de junio de 2014

1Το τάνγκο. Η ιστορία και η εξέλιξή του, traducción de Marta Silvia Dios Sanz, editorial Kontúli, 2014.